‘Lo que pasa’, reflexiones de ANTONIO MÉNDEZ RUBIO en el homenaje a MIGUEL HERNÁNDEZ

mayo 13, 2010


LO QUE PASA

(CON MIGUEL HERNÁNDEZ)
~ ~ ~

Por ANTONIO MÉNDEZ RUBIO

No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

M. H.

La poesía debería ser anónima, y de hecho lo es. Explicar esta convicción puede que sea más arduo que comprenderla. Se podría empezar por dos versos de Miguel Hernández, extraídos de un poema temprano, no recogido en ninguno de sus libros, y que la crítica consideraría dentro de la “zona no deseada” de su obra debido a su probable carácter primerizo, tentativo, precario. Ocurre, sin embargo, que esa precariedad tiene que ver con la poética de Hernández de una forma singular, imprescindible a mi entender. Me estoy refiriendo a los dos octosílabos finales del romance “No sé el nombre…”. Ya el encabezamiento del poema señala un eje en el sentido de la poesía, de la poética como práctica y como forma de vida: estar por fin en condición de no saber el nombre de las cosas, de no sentir las palabras como un instrumento de identificación, de significantes portadores de un significado seguro, sino, al revés, de ver en las palabras lo que las hace ser una brújula para el desconocimiento, para el descubrimiento, para hacer preguntas, para hacernos y deshacernos en esa incansable tarea. ¿A qué otra cosa, si no, damos el nombre de poesía?

En concreto, esos dos versos últimos dicen: “la tela… y veo que es un / encanto más la anonimia”. En efecto, hay ahí dos cuestiones muy obvias. La primera es, desde luego, la relación entre el anonimato y la dimensión popular de la poesía hernandiana, que no ocupa un lugar absoluto ni total en esa escritura, pero sí es una dimensión insustituible de esta poesía. En este sentido, la anonimia que el poeta reivindica como encanto, es decir, donde el canto, en el lugar innombrable o indecible del canto, tiene que ver intensamente con aquella dedicatoria a Vicente Aleixandre en Viento del pueblo: “a nosotros, que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poetas la vida junto a todos los hombres”. Como en el dicho de Lautréamont a propósito de que la poesía debe ser hecha por todos, se da aquí una apuesta por la disolución de la figura del poeta en la fuerza y la fragilidad de lo social, de la vida en común, esa tierra de nadie. Ese desierto hoy.

La segunda apreciación, más textual que contextual, y que podría considerarse con razón evidente, es que estos dos versos resultan, por decir así, impropios desde el punto de vista del canon melódico y rítmico. El encabalgamiento parece un intento desesperado por salvar una frase imprecisa, difuminada en extremo (“y veo que es un…”), mientras la línea última (“… encanto más la anonimia”), tomada en su relativa autonomía, puede causar un efecto de perplejidad, de énfasis en el desconcierto, incluso de insignificancia, que, de tal vez no tan inesperada, confirma el motivo recurrente del poema: no sabemos los nombres, no sabemos.

Hasta aquí, es preciso insistir, lo obvio. Es obvio que no sabemos. En la lucha por la igualdad y por la libertad, sin ir más lejos, está cada vez más claro: no sabemos o no podemos o no queremos saber (lo que pasa).

Pero entonces nos quedan las preguntas, al menos una pregunta: ¿quién habla entonces cuando los nombres no se saben, cuando las palabras no se asocian con las cosas del mundo? ¿qué queda cuando no se sabe? ¿de qué vivimos, en una palabra? Una entrada posible, en cuanto al lugar social del poeta, la apuntaba Witold Gombrowicz: “los poetas”, ante ese desconcierto creciente en nuestra historia personal y colectiva, “siguen agarrándose febrilmente a una autoridad que no tienen y embriagándose a sí mismos con la ilusión del poder”. Autoridad y autoría, que no desposesión, que no anonimia. Para Gombrowicz, los poetas parecerían seguir festejando sus particulares “orgías de la presunción”, aunque no se ve con nitidez la propuesta “esencial” de Gombrowicz cuando, como salida, ofrece la necesidad de “expresarse uno mismo”. Puesto que ¿cuál es el sí-mismo de un espacio (o espaciamiento) de anonimato? Es como si saliéramos del fuego (de la autoridad del autor) para meternos en la sartén (del mismo sujeto que dice a su sujeción mientras escribe o lee el poema).

No es ésta, creo, la vía esbozada y también recorrida por Miguel Hernández. Lo pongo en otras palabras: ni la autoridad del autor, ni siquiera el poder de un sujeto de fondo (sujeto a lo que dice). Es cierto que esta segunda vía es un lugar común en la forma moderna, idealista, que un romanticismo de superficie ha convertido en lugar privilegiado para la interpretación de la poesía, de cualquier poesía. Y es asimismo verdad que la recepción literaria de la poesía de Miguel Hernández, inevitable y trágicamente marcada por los acontecimientos históricos, ha tendido a reforzar la relevancia de la figura pública del autor. Este refuerzo de la figura del poeta se viene haciendo, por lo general, en nombre de una toma de conciencia, de un gesto de memoria, sobre los conflictos políticos y sociales de nuestro tiempo, sobre y desde los límites de nuestro mundo real.

Uno no es quien para discutir la necesidad de esta memoria, de esta conciencia, que es la memoria y la conciencia de los vencidos, de los desaparecidos. Pero es justamente este no-ser-quien lo que impulsaría a avanzar por una senda tan improbable como intempestiva, por una senda también desaparecida. Porque ocurre que, leyendo la poesía hernandiana, la insistencia es una insistencia no tanto en la conciencia, o en la memoria, como en la intemperie del cuerpo. Muy especialmente es así en su Cancionero y romancero de ausencias, de 1941. En los poemas de la cárcel, una vez y otra vez, el cuerpo aparece y desaparece como límite del canto, y como canto o borde abismal de un límite emergente, ineludible, imprescindible. “Cuerpo sobre cuerpo”… “cuerpos y cuerpos”… “libertades de mi alma / desfilando por mi cuerpo / sólo por amor”… es como si el cuerpo coincidiera con el sitio y el momento del silencio, de la falta, de la falta de nombres, de la ceguera, de la desaparición como posibilidad imposible de una poesía que no renuncia a su raíz social sino que remueve esa raíz común, que ha llevado la vivencia de lo personal y lo social, de lo propio y lo impropio, desde la temática y la conciencia hasta la materia y los fluidos del cuerpo, cada vez más quebradizo, del poema. Parece que lo oigamos como un último ruego: “Asómate a mi cuerpo”…

El texto con que termina el libro datado en la prisión de Ocaña, en mayo de 1941, termina a su vez de esta forma: “Cuerpo: pozo cerrado / a quien la sed y el sol han calcinado”. Asomarse a ese pozo, a ese agujero de temblor. Tal como se ha recibido el legado de Miguel Hernández, no se puede estar seguro de que la sociedad esté preparada para eso. La recepción de esta escritura parece inclinarse más y mejor hacia la reconstrucción de una identidad mítica que hacia el vértigo que, para cualquiera de nosotros, supone una ausencia radicalmente corporal. Mientras la sociedad, y muy especialmente la sociedad literaria, se dedica por lo general a recubrir el rostro de Miguel Hernández con un aura de verdad y “conciencia social”, su poesía, por momentos, parece estar invitando a asomarnos al cuerpo como reto poético y político. Cuerpo y conciencia no se excluyen, pero tampoco se complementan como si tal cosa. Por un lado, la conciencia no puede hacerse cargo de los riesgos que el cuerpo como cuerpo implica. Por otro, el cuerpo ofrece su materia como materia de resistencia a la congelación del mito. Decía R. Barthes que el mito, por lo que tiene de inmovilista, es estadísticamente de derechas. Quizá por eso, al convertir a Miguel Hernández en mito, se rodea su figura de una superficie lisa y brillante, como de hielo, que funciona a modo de atractiva pista de patinaje para quienes hoy serían sus carceleros.

María Zambrano, que tan cerca estuvo de Miguel Hernández, escribió  ya en 1937, en su ensayo “Los intelectuales en el drama de España” que “vivir un acontecimiento en función mitificante es negarlo como verdad viviente”. Apenas unas líneas más tarde, explica cómo el drama de España no conduce a un despertar de la conciencia, sino de la inocencia, puesto que la conciencia sale no reforzada sino rebasada, cuestionada, al verse atravesada por esos acontecimientos históricos. Por eso, según Zambrano, “el despertar de la inocencia produce de inmediato la absoluta entrega”, mientras que la conciencia, desbordada, “deja entonces de discernir como hace de continuo”. En esa limitación o fragilidad de la conciencia, en ese cese del pensamiento idealizador es el propio pensamiento crítico lo que “brota entonces de más hondo y de más claro”. Por la misma razón, en fin, podría pensarse que recurrir a la conciencia, o más aún a la “función mitificante”, para comprender el sentido vivo en la poesía de Miguel Hernández, puede estar siendo una coartada no deliberada, o no asumida, para aplazar lo que en esta poesía hay de “más hondo y más claro”.

En efecto, como sabemos, atender la conciencia y desatender el cuerpo, o al revés, es sólo una manera de arriesgarnos a perderlo todo. A perder más aún. Aunque es cierto, por otra parte, que Hernández lo dejó escrito: “Si no se pierde todo no se ha perdido nada”. Por eso mismo, como ya señalara Antonin Artaud en su polémico ensayo “A plena oscuridad” (1927), ninguna realidad (o contrarrealidad) se justifica por el simple hecho de la conciencia que de ella se tenga. O, más crudamente, como declaraba aquel personaje de Georg Büchner en La muerte de Danton (1835): “La conciencia es un espejo delante del cual un mono hace piruetas”. Así que, por eso mismo, la toma de conciencia sobre el significado de Miguel Hernández, de su poesía, de su nombre, seguirá siendo incompleta, insuficiente, mientras nuestros cuerpos no hagan un esfuerzo renovado de atención, de disponibilidad, por asumir hasta qué punto esta poesía desemboca en una exposición al peligro, en un pulso también y ante todo corporal, no en una apropiación sino en una donación anónima, sin nombre conocido. En un regalo que, ojalá, no nos sorprenda desprevenidos.

ANTONIO MÉNDEZ RUBIO.
Texto leído el 8 de mayo de 2010 en León,
en las jornadas de Homenaje a MIGUEL HERNÁNDEZ ‘El poeta que no cesa

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