Un texto y una lectura emocionantes: ‘La cárcel de la belleza’, por LUPE GÓMEZ

mayo 11, 2010


“La cárcel de la belleza”
,

por LUPE GÓMEZ

~ ~ ~

Un día, una antología de Miguel Hernández llegó a mis manos. Era un libro de segunda mano, un regalo del viento. En sus páginas viejas descubrí a un hermoso poeta que me hablaba como si no fuese poeta, con la humildad del pueblo y la  belleza de las cárceles. A veces he sentido mi cuerpo lleno de paredes, como si fuese una casa vieja o una cárcel de Amor.

En el techo hay una gran mancha de humedad que me mira todos los días y me dice que soy muy pobre. Tengo una vecina maravillosa en mi aldea de Fisteus. Se llama Lola, tiene 72 años y flores en los ojos. Ella me habla de su pasado. Me cuenta que cuando era una niña no tenía ropa para ir a la fiesta, y desde la ventana de su  casa miraba a las otras niñas que se divertían -y ella no podía divertirse-. Lola canta preciosas canciones de amor y tierra. “Rapaza se vas ao río a lavar, non torzala roupa, que a podes rachar.” !Es tan triste, y tan alegre, el agua de los ríos! Siempre tuve, al mismo tiempo, ganas de escribir y llorar.

Miguel Hernández tenía un corazón bueno. Sus poemas son como cajas de galletas, y yo voy abriendo esas cajas con ilusión. Me estremezco con sus pasiones, sus tristezas, sus sueños. Casi siento que escucho su voz, y es una voz que surge de repente en los cristales de la noche. Tengo ganas de conocer a mi admiradísimo poeta Antonio Gamoneda. Quiero ir a León en un tren muy lento, muy viejo. Yo también creo que “la poesía no es literatura”. El aliento poético nace en el columpio de las personas que nos quisieron y nos hicieron vivir. La poesía nace en los ojos rotos de las vacas, y en el brillo azul del Sol.

Nunca debemos, ni podemos, olvidar nuestros orígenes. Vengo de un padre que tenía un corazón tan grande como una biblioteca. Vengo de una madre que se enamoró  de la belleza de la luna. Casi no sabían escribir, pero con su oscuridad y su claridad, alimentaron todas mis ansias de vivir y morir. Hay cárceles submarinas, subterráneas. La vida puede ser una cárcel en la que hay terribles manchas de humedad, y sólo sintiendo Amor podemos curarnos, renacer en la niebla, escuchar las canciones que vienen del cansado espíritu.

Miguel Hernández lloraba y cantaba en los rincones de su cárcel. Mi vecina Lola también canta esta canción: “O amor da costureira era papel e mollouse. Agora costureiriña, o teu amor acabouse.” En la sombra luminosa del río, las palabras suenan de otra forma. Es como si el lenguaje estuviese cargado de sí mismo, encarcelado, vivo y muerto. Alguien dijo que “los poetas populares deberían estar en la boca del pueblo.” Pienso que Rosalía de Castro también tenía en su cuerpo una hermosísima cárcel. Ella siempre fue una mujer incomprendida, incomprensible, poderosa, fuerte. Las puertas de su poesía son de madera y cristal. Se abren y se cierran. Ella se esconde en sí misma. Ella grita, en voz bajita, cuando la oscuridad de los montes se vuelve más oscura.

Un país puede ser una cárcel. Unas ideas políticas pueden encarcelarnos. Tenemos nuestra propia opinión y no aceptamos las otras opiniones. Las guerras suceden entre cárceles. Luchamos unos contra otros, porque no sabemos entendernos, razonar, hablar. En Galicia hay cárceles absurdas. Los idiomas no son cárceles. Para mí los idiomas son fuentes de agua muy clara con las que podemos jugar y ser libres. Siempre hablé gallego pero me gusta inspirarme -y jugar- en castellano, inglés, portugués…Creo que la libertad no puede medirse como si fuese una cárcel. La libertad es la ventana más hermosa. A través de ella podemos ver paisajes de lluvia, flores y nieve.

Cuando nieva me acuerdo del poeta Uxío Novoneyra, que ya está muerto pero camina sobre la nieve con su amigo Miguel Hernández. !Están muertos pero están tan vivos! Son horizontes de justicia, bondad, calma. Lola también le canta esta canción viva al río: “As de Rianxo gastan refaixo cando se van a bañar. E logo as da Coruña non lle teñen medo ao mar.” La escritura nace de un sentimiento de soledad necesaria, enigmática. Yo, cuando era niña, pasaba las tardes cuidando a las vacas, y ahora rememoro esas experiencias cuando practico yoga. Era un silencio muy fértil porque yo, aunque era pobre, siempre tuve bolígrafos y cuadernos para escribir, imaginar, volar sobre las cárceles.

Vivimos tiempos de pobreza y crisis económica. Hay quien dice que merecemos quedarnos sin nada porque no supimos administrar la riqueza que teníamos. Cuando te quedas sin trabajo, tienes la sensación de que es un fracaso. Lloras, te mareas y crees que la vida se acaba. Trabajo como periodista y este invierno llovió tanto en Compostela que la lluvia entró en mi casa creando una mancha de humedad que me hace daño cuando la miro. Quizás es porque recuerdo mi infancia en una casa de piedra fría, oscura. Llovía dentro de casa tanto como fuera. Hacía un frío enorme. En aquel frío yo estudiaba y escribía incansablemente. No sabía porqué me esforzaba tanto, y sigo sin saberlo. ¿La escritura es innecesaria? ¿El arte es inútil? Siempre tuve cuadernos y bolígrafos. Tuve maestros y maestras. Tuve, y tengo, muchísimos amigos y amigas. Creo que la amistad es un pájaro que sabe volar sobre la muerte de las cosas. Todos quisiéramos tener como “amigo” a Miguel Hernández. Caminar con él sobre la nieve y sobre el fracaso de la belleza.

Cuando recuperamos a un amigo perdido, tenemos la sensación de que agarramos un río con las manos. A veces un desamor nos hace mucho daño, pero cuando sabemos perdonar, olvidar lo malo y recordar lo bueno, nos sentimos reconfortados. Nos duele la vida, pero seguimos buscando y rebuscando entre la ropa nueva y vieja de “un armario lleno de sombra”.

Texto leído el 7 de mayo de 2010 en León,
en las Jornadas ‘El poeta que no cesa’,
dentro del Homenaje a Miguel Hernández.

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